Las adicciones en las mujeres

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Las mujeres tienen una experiencia de las adicciones diferente de la de los hombres, por eso es urgente replantearse los servicios dirigidos a ellas

Las adicciones en las mujeres

Los obstáculos a los que se enfrentan las mujeres con un problema relacionado con el uso de sustancias para acceder a los programas de tratamiento, el estigma del que son víctimas y su necesidad de métodos de tratamiento específicos son poco conocidos y mal financiados – foto de ilustración

Hace ya algunos años que hay una mayor concienciación sobre la importancia de poner en práctica políticas y programas en materia de drogas que incorporen la perspectiva de género. Si bien las estructuras pioneras han tenido en cuenta algunas de las peculiaridades de las adicciones de las mujeres desde hace varias décadas, solo se ha reconocido más tarde la repercusión de dichas peculiaridades en términos de salud pública. Posteriormente a la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el Problema Mundial de las Drogas (UNGLASS 2016), el informe de 2016 de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) insta por primera vez a poner en práctica políticas y programas sensibles al género, facilitar el acceso a la atención para mujeres con una dependencia y promover la financiación destinada a prevenir y a tratar el abuso de las drogas en las mujeres.

Adicciones: las diferencias entre hombres y mujeres

De las muchas diferencias existentes entre hombres y mujeres con respecto a las adicciones, el informe de la JIFE toma nota de estudios recientes que destacan que cuando las mujeres comienzan a consumir drogas como el cannabis, la heroína o la cocaína, sus niveles de consumo avanzan más rápido que los de los hombres. Las mujeres, según indica el informe, tienden a desarrollar un problema de uso de sustancias más rápido que los hombres. Las mujeres también son más susceptibles que los hombres a que les prescriban narcóticos y ansiolíticos y, por lo tanto, corren más riesgo de abuso o de dependencia.  Por último, mientras que las mujeres y las niñas representan una tercera parte de los consumidores de drogas a nivel mundial, solo uno de cada cinco pacientes en tratamiento contra las adicciones es una mujer, debido a los obstáculos sistémicos y los estereotipos de género que dificultan su acceso a la atención.

 

Además, si logran iniciar un programa de tratamiento, su permanencia suele ser más corta que la de los hombres y, al término del tratamiento, son más proclives a las recaídas. De hecho, las mujeres que siguen un tratamiento se suelen encontrar en un entorno masculino, diseñado por hombres, para hombres y según normas únicamente masculinas, que no responde a sus necesidades específicas.

Adicciones y violencias de género

La OMS estima que en el mundo, el 35 % de las mujeres han sufrido violencia física o sexual por parte de su compañero íntimo o violencia sexual por parte de otra persona. Aunque las mujeres pueden estar expuestas a otras formas de violencia, esta cifra ya representa una parte importante de la población mundial femenina. En la mayoría de casos, la violencia proviene del compañero íntimo: a escala mundial, casi una tercera parte de las mujeres que han tenido una relación de pareja han sufrido este tipo de violencia; por lo tanto, se trata de un factor de riesgo mayor para la salud de las mujeres de entre 19 y 44 años a nivel mundial.

La violencia en la pareja se suele enmarcar la mayor parte del tiempo en una relación de dominio por parte de un miembro de la pareja sobre el otro, en un proceso de influencia que poco a poco produce en las víctimas un sentimiento de temor e impotencia y las encierra en una relación de la que no logran salir. Esta violencia tiene un impacto negativo considerable sobre el bienestar físico y psicológico de las víctimas o de los niños expuestos a ella, teniendo graves consecuencias para la salud física y mental, la seguridad y la economía de las comunidades, lo cual hace de esta realidad un problema de salud pública importante.

 

El consumo de alcohol afecta las funciones cognitivas de los agresores y reduce su capacidad de resolver los conflictos sin violencia, pero el consumo de alcohol y de medicamentos psicotrópicos también puede ser una estrategia que utilizan las víctimas, mujeres en su mayoría, para anestesiarse o disociarse a fin de soportar la violencia en la pareja, en este caso el abuso de sustancias es la consecuencia directa de esa violencia. También cabe destacar el sentimiento de culpabilidad que sienten especialmente las madres que consumen alcohol u otras drogas, un sentimiento a menudo aumentado por los reproches que les hace su pareja violenta (los agresores utilizan con mucha frecuencia el argumento de «mala madre»).

Los vínculos entre la violencia contra la mujer y las adicciones van más allá de las relaciones de pareja. El consumo de alcohol y otras drogas altera el estado de consciencia, lo que puede hacer que corran más riesgos y tengan menos control de la situación, lo que favorece la violencia sexual. Es más, las mujeres que consumen sustancias suelen parecer más vulnerables ante los ojos de algunos hombres, lo que también puede favorecer la violencia en su contra. Por último, cabe señalar que la búsqueda de drogas ilegales obliga a las mujeres a frecuentar entornos en los que la intimidación y la violencia física son habituales. Como mujeres, pueden no solo sufrir violencia o estar expuestas a varias formas de chantaje sexual.

Poner en práctica programas específicos para las mujeres que sufren un problema de adicción

Los obstáculos a los que se enfrentan las mujeres con un problema relacionado con el uso de sustancias para acceder a los programas de tratamiento, el estigma del que son víctimas y su necesidad de métodos de tratamiento específicos son poco conocidos y mal financiados. Urge replantear los programas de tratamiento de las adicciones y poner en práctica servicios que respondan de forma eficaz y exhaustiva a las necesidades complejas de las mujeres afectadas y de sus hijos. Además, pensamos que hay que sensibilizar a la población y a los profesionales de la salud sobre la necesidad de ofrecer a las mujeres las mismas condiciones de tratamiento que a los hombres.

 

Asimismo, dichos programas deberían estar adaptados culturalmente y prever métodos como programas separados para las mujeres, la aceptación de los niños y la atención prestada a las mujeres embarazadas.