En Uruguay, un proceso terapéutico individualizado

Desde Dianova Uruguay consideramos que toda intervención debe enmarcarse en la atención centrada en la persona

Entrevista individual

Las actividades y tareas conjuntas y las entrevistas individuales permiten el desarrollo de vínculos terapéuticos positivos basados en la «proximidad óptima», mejorando así las perspectivas de resultados exitosos del tratamiento – Foto: Shutterstock, licencia CC

Por Andrea Ríos Rognone – La Fundación Dianova Uruguay gestiona diversos programas de abordaje en salud mental, particularmente el uso problemático de sustancias psicoactivas, en el ámbito de la educación, prevención y tratamiento. Con la Misión de desarrollar acciones que contribuyan activamente a la autonomía personal y al progreso social, mantiene programas terapéuticos desde un enfoque de derechos humanos que benefician a personas de distintas franjas etarias, con características sociales, económicas y culturales diversas, provenientes de todo el territorio nacional, a través de diferentes modalidades de intervención. La mayoría de los programas son de atención pública, en convenio con la Red Nacional de Atención y Tratamiento en Drogas (RENADRO) de la Junta Nacional de Drogas de Uruguay, diseñados en coherencia con la Estrategia Nacional para el Abordaje del Problema Drogas 2016-2020.

Adicciones y personas mayores

La experiencia de más de 25 años de trabajo nos habilita a comprender la situación de particular vulnerabilidad de las personas mayores que consumen sustancias psicoactivas, especialmente cuando se trata de personas con una larga trayectoria de consumo, arraigada a una subjetividad construida en estrecho vínculo con la significancia que el objeto droga representa para ellas.

En relación a esto, cuando se trata de personas mayores que presentan una historia de consumo de larga data, las vulnerabilidades suelen agravarse en función al deterioro que se genera en su salud mental, su salud física y principalmente en su salud social. Es en éste último ámbito que se vuelve especialmente relevante el rol de las instituciones, la salud pública, la política social y la política de drogas, en tanto se suelen presentar trayectorias de vida atravesadas por diversos procesos de tratamientos de diferente índole y que aun así parecerían no ser suficientes para el logro de los proyectos saludables de vida de manera sostenida.

Vulnerabilidades específicas

Claro está que las situaciones de consumo se relacionan con una multiplicidad de factores que se deben atender, entre las cuales las características personales tienen un valor fundamental. Sin embargo, las situaciones de consumo de las personas mayores implican hacer el foco en las situaciones del entorno socio-afectivo y las características del contexto, siendo que las vulnerabilidades específicas relacionadas a la edad y al deterioro bio-psico-social, pueden implicar dificultades particulares para mantener espacios de cuidado y de sostén del entorno primario, generándose en ocasiones situaciones de exclusión familiar y marginación social.

En estos escenarios, se vuelve central el nivel de acceso a la salud de cada persona, que dependiendo de la política de la sociedad que lo contiene, podrá ser un facilitador o un obstaculizador para el inicio del pedido de ayuda. Un gran riesgo es que cuando el acceso se ve obstaculizado, las personas pueden derivar en situaciones de calle en las cuales la vulnerabilidad se vuelve extrema.

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La atención centrada en la persona

En función a lo anterior, desde Dianova Uruguay consideramos que toda intervención debe enmarcarse en la atención centrada en la persona, implicando en primera medida un enfoque de Derechos Humanos. Esto significa el reconocimiento del sujeto como sujeto de derechos, a quien se le debe devolver la responsabilidad por tomar las decisiones sobre su propia vida y su salud, para favorecer el ejercicio del derecho a una vida digna.

 

Las acciones se deben adaptar desde una perspectiva de género garantizando la igualdad de oportunidades a todas las personas sin discriminación por su sexo y/o identidad de género.

Individualización de los procesos

Partiendo de lo anterior como marco metodológico principal, la atención centrada en la persona implica la individualización de cada proceso terapéutico. Partiendo de la escucha activa, de la identificación de las necesidades y las dificultades que la persona refiere y en las cuales desea poner el foco, desde el respeto de sus opiniones, es que se puede intervenir en la promoción de los procesos de vida saludables, en la promoción de la autonomía y el progreso social. En el reconocimiento del otro como sujeto, es de relevancia el incorporar y fomentar su participación activa en la construcción de su proyecto terapéutico para lo cual se destaca el enfoque motivacional como herramienta de comunicación.

Centro de Chanaes

‘Chanaes’, un centro de la Fundación Dianova Uruguay, especializado en patología dual, es decir la coexistencia, en un mismo paciente, de una adicción a una o más sustancias junto con otro trastorno psiquiátrico – foto: Dianova Uruguay, licencia CC

Establecer una proximidad óptima con el usuario

En primera instancia, se debe destacar que las intervenciones, cualquiera sea su modalidad y su extensión en el tiempo, deben auspiciar la creación de un espacio de contención, acogedor, cercano y flexible, en el cual las personas se sientan escuchadas, respetadas y apoyadas. El establecimiento de un entorno emocionalmente seguro, donde las personas se sientan protegidas y contenidas, favorece los vínculos de confianza con el equipo de trabajo, promoviendo la adherencia a los procesos y aumentando las posibilidades de logro de las metas propuestas.

Esta contención debe comprender un modo particular de generar el vínculo terapéutico, donde se ponen en juego las habilidades de los técnicos para trabajar desde la proximidad óptima.

Esto es, una distancia afectiva lo suficientemente operativa para que los procesos no se vean obstaculizados por aspectos personales de los técnicos proyectados en los procesos de las personas, a la vez que la proximidad afectivo/técnica lo suficientemente operativa para que el compromiso del técnico para con el proceso se base en una empatía profesional. La actitud de los profesionales es entonces primordial, actitud de colaboración con el otro que se basa en el reconocimiento y la promoción de las fortalezas y las capacidades, actitud desde la cual se busca crear un espacio propiciador y promotor del cambio.

La persona, en su globalidad

El abordaje construido desde la singularidad habilita al reconocimiento de la integralidad de la persona, propiciando las intervenciones desde un enfoque bio-psico-social. Desde su dimensión personal-individual se comprende a la persona atravesada por un contexto familiar, comunitario y social, en un tiempo histórico-cultural-económico-político determinado que inciden en la construcción de su subjetividad.

Es contemplando la complejidad, los múltiples factores que inciden en las situaciones vitales, que los proyectos se enriquecen a partir de la integración de los diferentes actores que forman parte del contexto familiar, comunitario y social de la persona. El fortalecimiento de las redes de contención socio-afectivas de las personas, considerando el ámbito familiar y comunitario desde un enfoque territorial, así como el fortalecimiento de las redes institucionales, deben establecerse como meta fundamental, en vías de promover la sostenibilidad de los procesos saludables, el acceso y la adherencia de las personas a los recursos asistenciales existentes, velando por la protección y la promoción de la salud integral.

 

Esto es el trabajo desde un enfoque de gestión de los riesgos, la reducción de los daños y la gestión del placer asociados tanto al uso de las sustancias psicoactivas como en relación a los diversos factores de riesgo que atraviesan la situación vital de la persona.

Suprimir el consumo, una de las opciones posibles

Las acciones terapéuticas-educativas desde este enfoque, habilitan al reconocimiento de los riesgos y los posibles daños que pueden suscitarse en relación a las decisiones por las que las personas van optando, favoreciendo que sean éstas quienes se empoderen en los momentos de decisión a partir de un conocimiento mayor de las consecuencias que éstas puedan tener para sus vidas, promoviendo así la responsabilidad por las mismas. El enfoque de gestión de riesgos y daños parte del entendido de que las personas tienen el derecho a decidir sobre sus vidas, entre lo cual la cesación del consumo y el mantenimiento de la abstinencia, también es una opción a la cual la persona puede recurrir, no siendo ésta la única intervención posible.

Un modelo flexible, basado en la interdisciplinariedad

Una vez más, destacando el rol protagónico que la persona tiene para su proceso terapéutico, entendemos que las intervenciones deben conformarse de modo flexible y dinámico, adaptando las acciones a los procesos de cada persona, respetando sus tiempos y sus decisiones, lo que exige la reafirmación de la individualización del proceso terapéutico, la revisación y el reajuste permanente del proyecto terapéutico para el logro de los objetivos.

Con este fin, la interdisciplinariedad y la intersectorialidad deben enfatizar la complementación, el intercambio y la coordinación de las diferentes especialidades profesionales y los diferentes actores institucionales con el fin de lograr una acción común.

 

Para finaliza esta declaración, subrayamos el rol desde nuestras instituciones para generar los procesos de evaluación basados en la evidencia para la mejora continua de las intervenciones basadas en las personas. La importancia de la disponibilidad de los equipos para ser cuestionadores y cuestionarse el quehacer cotidiano, para que éste se adapte a la persona y no viceversa, comprometiéndose con la promoción de oportunidades igualitarias para todas las personas. Principalmente para las personas mayores que consumen sustancias, cuyas situaciones vitales puedan estar mayormente vulneradas.