Cannabis y adolescencia: preguntas y respuestas

Peligrosidad, consumo ocasional o adicción, relación con otras drogas, prevención en la escuela: respuestas a las preguntas que hacen los padres

¿El cannabis es peligroso para los adolescentes?

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El cerebro de los adolescentes está en pleno desarrollo; por lo tanto, es peligroso que consuman cannabis en esa etapa de la vida. La adolescencia es un periodo que se caracteriza por la búsqueda de sensaciones fuertes y por el anhelo de poner a prueba nuestros propios límites. El consumo de cannabis aumenta el nivel de riesgos que corremos y la probabilidad de accidentes. Además, se trata de una sustancia que altera las funciones cognitivas y la memoria, especialmente en los adolescentes que fuman marihuana con frecuencia, razón por la cual provoca numerosos problemas en la escuela. Por último, cabe señalar que el cannabis precipita la aparición de trastornos psiquiátricos graves en las personas que ya están en riesgo de desarrollar enfermedades tales como los trastornos bipolares, la esquizofrenia y los trastornos de ansiedad o depresivos. Se trata de un aspecto preocupante de esta cuestión, puesto que el pronóstico de dichos trastornos psiquiátricos suele ser más grave cuanto más temprana es su aparición. En conclusión, el efecto del consumo de cannabis en la salud no es igual antes que después de los veinticinco años.

¿Es necesario hacer una distinción entre el consumo frecuente y el consumo ocasional?

La adicción al cannabis o la dependencia de esta droga se establece con la frecuencia del consumo. Cuanto más frecuentemente consume un adolescente, mayor es el riesgo que corre de adquirir el hábito y de desarrollar cierta tolerancia, lo que le llevará a aumentar la dosis para lograr efectos similares y hará que el consumo se transforme en una práctica cotidiana. Sin embargo, no es posible definir la aparición de la dependencia a partir determinada cantidad de porros por semana. El desarrollo de la dependencia está supeditado a diversos factores, que incluyen el metabolismo propio de cada persona, la calidad del producto, la frecuencia de consumo y los motivos que inducen al adolescente a consumir.

El consumo ocasional supone fumar uno o dos porros durante el fin de semana o en fiestas con amigos. Según la Organización Mundial de la Salud, el hecho de fumar diez porros por mes se considera consumo frecuente.

¿Cómo hablar de este tema con los adolescentes?

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Como padres, debemos adecuar nuestro discurso a la situación. Si su hijo adolescente tiene muy malas calificaciones en la escuela, si ya no lo ve en casa, si se niega a mantener una conversación seria, hay que preguntarse si no está teniendo, además, problemas con el cannabis. Por el contrario, si todo marcha bien con sus estudios, pero sabemos que ya consumió, podemos abordar el tema diciéndole lo siguiente: «Me parece que no tenés problemas, pero sé que algunos adolescentes pueden caer en la dependencia del cannabis y me preocupa. ¿Podemos hablar de eso?» Si no se siente agredido, su hijo adolescente aceptará conversar al respecto. Pero resulta mucho más difícil si el problema del consumo excesivo o, incluso, de la dependencia ya está instalado. Los adolescentes detestan «tener un problema» y asegurarán que «todo está bien». En ese caso, los padres deben demostrarle que se preocupan por él, que se interesan en él, más allá de su rendimiento escolar: «Puede que pienses que no tenés ningún problema, pero nosotros creemos que sí». Hay que armarse de valor e insistir hasta que el adolescente acepte consultar a un especialista.

¿El consumo de cannabis lleva a consumir drogas duras?

Una inmensa mayoría de los consumidores de las denominadas «drogas duras» comenzó consumiendo cannabis, pero no existe ninguna relación directa de causa-efecto entre ambos tipos de consumo. Siguiendo el mismo razonamiento, también podríamos afirmar lo siguiente: «Todos los drogadictos comenzaron por andar en bicicleta».

Pasar a consumir drogas duras supone la presencia de otros factores de riesgo relacionados con cada persona y su entorno social, familiar o económico. Sin embargo, no podemos negar que existe una relación estadística entre el consumo de cannabis y la experimentación con otras drogas. En primer lugar, porque quien fuma marihuana recibirá, tarde o temprano, invitaciones para probar algún otro producto.

Además, quienes fuman frecuentemente cannabis a menudo tienen un estilo de vida particular, una relación permisiva con lo prohibido, las fiestas y las salidas frecuentes. Se trata de un estilo de vida en el que la idea de probar otra cosa, solo para divertirse, no resulta alarmante. Cabe señalar que se trata, antes que nada, de un proceso de experimentación. En efecto, si bien el cannabis se ha popularizado en la mayoría de los países europeos, la cantidad de consumidores frecuentes de heroína o de cocaína ha permanecido relativamente estable.

¿Cómo hacer prevención en la escuela?

La secundaria suele ser el periodo de descubrimiento del cannabis; por eso, es importante prevenir o corregir los hábitos problemáticos lo antes posible.

No obstante, hay que tener en cuenta que la prevención en el ámbito escolar no debe ser improvisada por docentes sin formación en el tema o mal informados. Por ejemplo, el enfoque que se centra en decir: «¡Cuidado! Es peligroso. ¡Ni se le acerquen!» resulta contraproducente. El docente que explica los efectos negativos del cannabis –y solo esos– suele estar frente a toda una clase en la que al menos la mitad ya lo ha probado (y ha experimentado sus efectos que suelen ser agradables) y la otra mitad tiene ganas de probarlo.

Demonizar el producto abre una brecha y sitúa al docente a una distancia enorme de sus alumnos. Los adolescentes tienen compañeros «que fuman» y a los que no parece irles tan mal.  Además, observan el consumo de alcohol y de psicotrópicos que hacemos los adultos y consideran que no somos creíbles.

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La prevención de las conductas adictivas en la escuela debe realizarse en el contexto de un programa de estudios relacionados con la salud o con alguna otra área adecuada, en el que se que pueda ofrecer continuidad y progresión, además de relacionar esta problemática con otras cuestiones que inciden en la vida de los alumnos. El abuso de las drogas no es un fenómeno aislado, sino una parte integral de la vida del adolescente en cuestión. Por eso, la prevención debe incorporarse a un programa global que fomente la adquisición de aptitudes y de valores personales y sociales.

Una prevención eficaz del consumo de cannabis (y, en general, de las conductas adictivas) debe inducir a los jóvenes a plantearse otras cuestiones importantes como el desarrollo en la adolescencia, la capacidad de enfrentar o manejar sus emociones, lo que permitiría crear un ambiente de confianza e incentivar el diálogo para que hablen con más facilidad del cannabis.

¿Qué pensar de las pruebas de detección en la escuela?

En ciertos países, como los Estados Unidos, las escuelas pueden optar por realizar pruebas para detectar el consumo de cannabis (y de otras drogas), sea al azar, por ejemplo, escogiendo a un alumno de cada diez para someterlo a los análisis, sea a partir de alguna sospecha puntual de consumo de cannabis. El objetivo esgrimido de estas prácticas es disminuir el consumo en los alumnos y disuadir a quienes estuvieran tentados de probar.

Por lo general, las pruebas de detección en la escuela forman parte de una política más amplia, de un programa de prevención global que abarca también medidas de evaluación, de seguimiento e, incluso, de tratamiento para los alumnos cuyos resultados sean positivos, en función de cada caso. Sin embargo, algunos establecimientos han decidido implementar una política estricta y no dudan en suspender a los alumnos de cualquier actividad deportiva y en enviarlos a su casa pura y simplemente, lo que resulta tan injustificado como perjudicial para el futuro de esos alumnos.